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Martes 19 de Septiembre de 2017

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JUEVES 6 DE ABRIL DE 2017
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Cárceles: Un infierno para que nada cambie

Hace más de 60 años la ONU ofreció al mundo una lista de reglas para mejorar la situación de los presos. En Argentina esas normas están en la Constitución, pero en todos estos años nadie se preocupó en aplicarlos. Esto se ve en los altos índices de reincidencia que registra la Argentina. ¿Cómo bajamos estos números?

Cárceles: Un infierno para que nada cambie

El Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas sancionó en 1955 las Reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos. Estas normas establecen algunos estándares para el procedimiento que las cárceles del mundo deben tener con la gente privada de libertad. 

Lo redactado por la ONU no son leyes, ni convenciones internacionales, sino recomendaciones para guiar a los países en materia de políticas públicas. El objetivo fundamental es cambiar el actual sistema carcelario para que la sociedad obtenga beneficios y no los altos índices de reincidencia que se registran en Argentina entre otros países.

Defiéndase dialogó con el Dr. Guillermo Nicora, abogado y especialista en este tema, que argumentó que las Reglas de Mandela (así les llamaron) solicitan ante todo dignidad y respeto para con los detenidos de todas las cárceles del planeta.

Pero cuando se ve la realidad de la vida en la prisión y en las comisarías ese trato digno no existe, definió el abogado, y explicó que la creación de las reglas, y su posterior publicación hacen especial énfasis en el acceso al agua potable, al aire libre, al ejercicio y a la recreación, como también a la asistencia médica, a la alimentación y a la vestimenta de los detenidos.

El texto de Naciones Unidas comienza diciendo que no es la descripción de un modelo perfecto, sino un piso mínimo de respeto a la dignidad del ser humano que esta privado de libertad

Nicora analizó que, ante algún delito, lo que todos queremos es enviar al criminal a la cárcel, sin saber que la mayoría de los centros penitenciarios son para estos un infierno, y nosotros buscamos que estas personas sufran en esos lugares para luego pedirles que sean buenos cuando salgan.

Y se pregunta entonces, cómo vamos a hacer que un preso respete las normas cuando no tiene agua caliente para bañarse, que tiene que dormir prestándose el colchón entre cuatro o cinco reclusos o se tiene que estar cuidando que el de al lado no lo apuñale para robarle las zapatillas.

Cuando en 1994 se reforma la carta magna, se estableció que estas normas tengan jerarquía constitucional, es decir, que cada regla deba ser cumplida pero en nuestro país la realidad es otra.

El hacinamiento está dentro de los problemas más recurrentes. Los calabozos de las comisarías de Buenos Aires están pensados arquitectónicamente para que una persona solo pase horas en ellos y no días o meses con las esposas puestas y con un policía al lado. Las reglas de Mandela además dicen que al menos una hora al día los demorados deben estar en un patio al aire libre, cosa que no ocurre.



Nicora señala que los detenidos no cuentan con luz natural, ni con una luz artificial suficiente. Los calabozos no tienen ventanas, en cambio hay pequeños agujeros por los cuales pasa un poco de luz y nada de aire, ni tampoco están dadas las condiciones para que una persona se siente en una mesa a comer, a leer o a rezar.

El abogado expresó que los detenidos incluso están compartiendo hasta el momento de ir al baño con 10 o 15 personas, y esto provoca situaciones de violencia entre ellos. En el medio hay drogas y alcohol por más que haya controles.

La situación en números

En Argentina hay que dividir en tres partes a la población carcelaria. El primer tercio de presos habla de personas sospechosas que aún no tuvieron un juicio y hasta tal vez son inocentes. Otro tercio hace referencia a las personas ya enjuiciadas que no tienen sentencia firme todavía, y el tercio final representa a los culpables ya enjuiciados y con sentencia.

Otra estadística oficial dice que, de cada 10 presos argentinos, uno está en la provincia de Buenos Aires. Pero estas cárceles están desbordando porque hay más de 30 mil personas presas en un espacio para 18 mil, sin contar a los tres mil detenidos en las comisarías bonaerenses.

Por algún motivo la inseguridad aumenta, el número de detenidos se incrementa y son muy pocos los programas penitenciarios que ayudan a que la reincidencia disminuya. El aporte de la ONU con las reglas de Mandela busca cambiar esa situación, y conseguir una mejor convivencia entre todos. Solo se deben cumplir, sobre todo si tienen jerarquía constitucional.


Este artículo fue publicado el día JUEVES 6 DE ABRIL DE 2017 y a esta fecha podría estar desactualizado. Recomendamos que sea utilizado sólo a modo de referencia y que ante cualquier duda, consulte con un profesional.

Cárceles: Un infierno para que nada cambie

Hace más de 60 años la ONU ofreció al mundo una lista de reglas para mejorar la situación de los presos. En Argentina esas normas están en la Constitución, pero en todos estos años nadie se preocupó en aplicarlos. Esto se ve en los altos índices de reincidencia que registra la Argentina. ¿Cómo bajamos estos números?

Cárceles: Un infierno para que nada cambie

El Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas sancionó en 1955 las Reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos. Estas normas establecen algunos estándares para el procedimiento que las cárceles del mundo deben tener con la gente privada de libertad. 

Lo redactado por la ONU no son leyes, ni convenciones internacionales, sino recomendaciones para guiar a los países en materia de políticas públicas. El objetivo fundamental es cambiar el actual sistema carcelario para que la sociedad obtenga beneficios y no los altos índices de reincidencia que se registran en Argentina entre otros países.

Defiéndase dialogó con el Dr. Guillermo Nicora, abogado y especialista en este tema, que argumentó que las Reglas de Mandela (así les llamaron) solicitan ante todo dignidad y respeto para con los detenidos de todas las cárceles del planeta.

Pero cuando se ve la realidad de la vida en la prisión y en las comisarías ese trato digno no existe, definió el abogado, y explicó que la creación de las reglas, y su posterior publicación hacen especial énfasis en el acceso al agua potable, al aire libre, al ejercicio y a la recreación, como también a la asistencia médica, a la alimentación y a la vestimenta de los detenidos.

El texto de Naciones Unidas comienza diciendo que no es la descripción de un modelo perfecto, sino un piso mínimo de respeto a la dignidad del ser humano que esta privado de libertad

Nicora analizó que, ante algún delito, lo que todos queremos es enviar al criminal a la cárcel, sin saber que la mayoría de los centros penitenciarios son para estos un infierno, y nosotros buscamos que estas personas sufran en esos lugares para luego pedirles que sean buenos cuando salgan.

Y se pregunta entonces, cómo vamos a hacer que un preso respete las normas cuando no tiene agua caliente para bañarse, que tiene que dormir prestándose el colchón entre cuatro o cinco reclusos o se tiene que estar cuidando que el de al lado no lo apuñale para robarle las zapatillas.

Cuando en 1994 se reforma la carta magna, se estableció que estas normas tengan jerarquía constitucional, es decir, que cada regla deba ser cumplida pero en nuestro país la realidad es otra.

El hacinamiento está dentro de los problemas más recurrentes. Los calabozos de las comisarías de Buenos Aires están pensados arquitectónicamente para que una persona solo pase horas en ellos y no días o meses con las esposas puestas y con un policía al lado. Las reglas de Mandela además dicen que al menos una hora al día los demorados deben estar en un patio al aire libre, cosa que no ocurre.



Nicora señala que los detenidos no cuentan con luz natural, ni con una luz artificial suficiente. Los calabozos no tienen ventanas, en cambio hay pequeños agujeros por los cuales pasa un poco de luz y nada de aire, ni tampoco están dadas las condiciones para que una persona se siente en una mesa a comer, a leer o a rezar.

El abogado expresó que los detenidos incluso están compartiendo hasta el momento de ir al baño con 10 o 15 personas, y esto provoca situaciones de violencia entre ellos. En el medio hay drogas y alcohol por más que haya controles.

La situación en números

En Argentina hay que dividir en tres partes a la población carcelaria. El primer tercio de presos habla de personas sospechosas que aún no tuvieron un juicio y hasta tal vez son inocentes. Otro tercio hace referencia a las personas ya enjuiciadas que no tienen sentencia firme todavía, y el tercio final representa a los culpables ya enjuiciados y con sentencia.

Otra estadística oficial dice que, de cada 10 presos argentinos, uno está en la provincia de Buenos Aires. Pero estas cárceles están desbordando porque hay más de 30 mil personas presas en un espacio para 18 mil, sin contar a los tres mil detenidos en las comisarías bonaerenses.

Por algún motivo la inseguridad aumenta, el número de detenidos se incrementa y son muy pocos los programas penitenciarios que ayudan a que la reincidencia disminuya. El aporte de la ONU con las reglas de Mandela busca cambiar esa situación, y conseguir una mejor convivencia entre todos. Solo se deben cumplir, sobre todo si tienen jerarquía constitucional.


Este artículo fue publicado el día JUEVES 6 DE ABRIL DE 2017 y a esta fecha podría estar desactualizado. Recomendamos que sea utilizado sólo a modo de referencia y que ante cualquier duda, consulte con un profesional.